La Amazonia pierde 9.700 kilómetros cuadrados en un año, la mayor deforestación de la década

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Los ecologistas culpan al presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, de este aumento del 30% de la superficie de bosque tropical arrasada. El Gobierno lo atribuye a la “economía ilegal” La Amazonia brasileña ha perdido 9.762 kilómetros cuadrados de vegetación –el equivalente a Chipre– en un año. El dato, que es el peor en más de una década y supone un aumento del 30% respecto al año anterior, fue difundido este lunes por el organismo público brasileño que realiza las mediciones oficiales con satélites. La cifra confirma lo que las mediciones de alertas en tiempo real venían anticipando desde hace meses, que la deforestación se ha acelerado desde que gobierna el ultraderechista Jair Bolsonaro, un firme partidario de la explotación económica a casi cualquier precio de la Amazonia que desprecia el vital papel que juegan los indígenas en la preservación.

Las cifras difundidas este lunes indican cuánto bosque fue destruido entre agosto de 2018 y julio pasado; es decir, que incluye siete meses del mandato de Bolsonaro. La expectativa ante la comparecencia en la sede del INPE en São Jose dos Campos era mucha porque la polémica mundial por los feroces incendios amazónicos de este verano sigue fresca y porque los sistemas de alerta en tiempo real –usados para movilizar inspectores, bomberos, etcétera– indicaban que la destrucción de bosque tropical se había disparado.

El ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, ha atribuido el enorme aumento a “la economía ilegal” en referencia a las actividades al margen de la ley de mineros, madereros y de invasores que se apropian ilegalmente de tierras. Salles ha recalcado que es necesario crear oportunidades económicas sostenibles en la región. Los ecologistas y parte de los empresarios agropecuarios brasileños sostienen que el desarrollo económico de la Amazonia no es incompatible con la preservación ambiental.

Los planes esbozados hasta ahora por Bolsonaro con ese fin incluyen abrir a la explotación comercial tierras indígenas que en este momento tienen una fuerte protección legal que impide que nadie las toque más allá del uso sostenible de los indígenas que las habitan desde hace milenios. Entre las medidas anunciadas por los ministros para luchar contra la deforestación está reforzar la fiscalización en la Amazonia además de llevar allí a algunos científicos y la sede de alguno de los organismos de investigación.

Para las ONG el principal culpable del tremendo aumento es el presidente. “El proyecto antiambiental de Bolsonaro ha eliminado la capacidad de combatir la deforestación, favorece a quienes practican delitos ambientales y alienta la violencia contra los pueblos (nativos) del bosque”, ha declarado Cristiane Mazzetti, de la campaña Amazonia de Greenpeace. World Wild Fund (WWF) ha recordado que nunca se habían puesto tan pocas multas ambientales como en los últimos meses.

Los efectos cada vez más visibles de la crisis climática han colocado la cuestión ambiental en el centro del debate político en Europa y buena parte del mundo, lo que ha supuesto una presión intensa con la que Bolsonaro no contaba y que le han convertido en el villano ambiental del planeta. En campaña, el antiguo militar proclamó su desdén por la preservación ambiental: “Si llego [a la presidencia] no habrá dinero para las ONG, esos inútiles van a tener que trabajar… Y no voy a demarcar un centímetro de reserva indígena”. En efecto, así ha sido. No ha extendido la protección legal a más territorio desde que se estrenó en el cargo, en enero. En cambio, sí tuvo que olvidar su promesa de seguir los pasos del Estados Unidos de Donald Trump para abandonar el Pacto de París. El enorme peso de las exportaciones a la UE y la presión política desde el extranjero le obligaron a anunciar que mantendría los compromisos suscritos.

Para Europa, la cuestión climática es también esencial en el proceso de ratificación del acuerdo comercial UE-Mercosur alcanzado el pasado verano tras años de arduas negociaciones y que todos los países de ambos bloques deben bendecir para que entre en vigor. Francia lidera los países que condicionan su apoyo al tratado a que Brasil respete el acuerdo mundial contra el cambio climático.

Los primeros en alzar la voz de alarma por la política ambiental de este Gobierno fueron los anteriores ministros de Medio Ambiente, que en mayo lo acusaron de estar desmantelando todo lo avanzado desde que la presión exterior por la destrucción de la Amazonia hizo que Brasil pusiera en marcha políticas para preservarla.

La deforestación alcanzó su máximo histórico en 1995 con la desaparición de 29.000 kilómetros de bosque (el triple que ahora) y su mínimo en 2012 con 4.500 kilómetros. Esa evolución positiva fue el resultado de una política sostenida que convirtió en intocables por ley decenas de reservas indígenas, decretó que en Amazonia solo se puede cultivar en el 20% de cada parcela y reforzó los sistemas de inspección y sanción para quienes cometen delitos ambientales.




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